Sábado, 13 de Noviembre de 2010 por monstresdecameva
Javier nos ha enviado este texto, en el que cuenta cómo está superando el dolor de haber sufrido malos tratos en la infancia, por parte de sus padres. Os invitamos a leerlo y a reflexionar sobre las secuelas que la violencia deja en el que la padece y sobre la capacidad de superación.
“Personalmente, tengo la completa seguridad de que hay muchas más personas que tienen a su niña o niño interior, en silencio, con la supuesta comodidad del no-recordar. Hace unos años, yo era uno de esos. No recordaba nada. Iba a casa de la loca y el loco, y ejercía de hijo-modelo. Aparentemente daba la impresión de que éramos una familia unida. Pero en la soledad de las bambalinas, cuando nos quedábamos solos en su casa:
- NO ME AGUANTABAN LA MIRADA.
- NO QUERÍAN HABLAR DEL PASADO, Y DESVIABAN LA ATENCIÓN (sobre todo la loca).
- ALGO RARO HABÍA, y yo no lo sabía.
Cuesta tiempo asimilar lo que sucedió. De hecho, es como si tuviera un policía dentro que me encaminaba como ellos lo hacían. El proceso de autorevelación, tuvo en mí, una lucha interna en la cual me venía un recuerdo, y a la vez una voz interior me decía que estaba exagerando, que eso no era posible.
Tuve que confiar en mi niño. Tardé meses en tener la certeza de que esa frase casi lapidaria de “ya sólo nos queda que no se acuerden cuando sean mayores”, realmente había sucedido.
Llevo años depurando mi proceso de vaciado de pus. Necesito soltarla. Pero es difícil en esta sociedad que solo valora las emociones chulisguays. Toda mi vida ha sido una lucha interior con el monstruo que llevaba dentro.
Tengo un informe médico con fecha 22-7-2009, en el cual parece que tengo un póquer de trastornos:
1.- T. límite de la personalidad.
2.- T. narcisista de la personalidad.
3.- T. pasivo-agresivo de la personalidad.
4.- T. paranoide de la personalidad.
Y son todos ciertos.
Te encierras en ti mismo. Todo te da miedo y tienes que fingir que no lo tienes, aunque tus acciones revelen lo contrario. Hay un autoengaño constante.
La cuestión narcisista está más bien en relación a esa burbuja que me tuve que crear para sobrevivir, y a otras perlas que se encargó la loca de colgarme, y que me convirtieron en un zombie (como en la película “Canino”).
Lo de pasivo-agresivo, que se lo pregunten a las personas con quienes he interactuado a lo largo de estos años.
La cuestión paranoica, también. A mí también se me puede preguntar. De hecho, sé que si no lo hubiera reconocido, aún seguiría estancado en pensar que la culpa de todo lo que me sucedía, siempre era de las demás personas. Apenas tenía amistades, y las que tenía, muchas veces las agotaba. Aunque esto también me ha servido para quedarme con menos, pero de gran calidad.
De ahí saco la fuerza. Sobre todo desde que asimilé internamente el concepto de resiliencia y me lo autoapliqué. Si mi niño sobrevivió al salvajismo aquel, a mi adulto solo le queda la parte más fácil.
Vaciar.
El concepto de vaciado solo lo entienden las personas más allegadas e implicadas en mi proceso de recuperación. Es así, y creo de corazón que no soy el único.
El mundo del cine me permitió la posibilidad de imaginar. Me sirvió para montarme una vida de ficción, y a poner parches de fantasía a la realidad. Gracias a eso, sobreviví, aunque sin vivir en la realidad.
Hay una estupenda película, que se titula “El príncipe de las mareas”. Está dirigida y protagonizada por Barbara Streisand, con Nick Nolte. Recomendabilísima para ver a alguien que sufre en silencio y no quiere recordar. En una escena, él le cuenta a la psicóloga de su hermana, el trauma profundo que sufrió la familia. Cuando termina, se da la vuelta e intenta hacer una broma para desviar la atención…(¡TODA MI VIDA HICE ESO!).
Ella no le sigue la corriente, lo cual descoloca al personaje. Se sienta a su lado, le pregunta cómo se siente, y él empieza a hablar y a decir que ya está todo superado. Como es buena psicóloga (que esta cuestión también da para mucho, pero no es el espacio), de repente le dice:
“Llevas toda la vida evitando sentir el dolor”.
Le para el cerebro, y le da en el corazón y las tripas… Comienza a llorar, y ella le dice que “Hace falta mucho valor para sentir el dolor”.
Y su vida, poco a poco, comienza a remontar.
Es cierto, es así. Si no le hubiera permitido a mi niño recordar juntos, me hubiera muerto sin haber vivido.
La vida merece mucho la pena, y yo sin saberlo.”
Javier