La Profecía Negra
Martes, 1 de Febrero de 2011 por monstresdecameva
Aquí os dejamos un nuevo relato de Enrique Pérez Guerra, basado en su experiencia de abuso.
“Ya era de noche. La luz del dormitorio apagada. Cada cual en su cama. Dibujaba yo con la mirada estelas de penumbra en el techo.
No sé que camino de la palabra llevó a mi hermano mayor a revelarme en aquellos momentos que había unos hombres muy malos en el mundo que cogen a los niños, les tocan por todas partes y, disfrutando, hacen con ellos lo que quieren.
El descubrimiento era una advertencia y para hacerla eficaz él la sellaba con el tono más tenebroso de que era capaz.
Ignoraba mi hermano que yo ya había pasado por los ojos y las manos de un hombre de esos. Era por esto que escuchaba atento mientras trasladaba palabra tras palabra hasta mi recuerdo.
El silencio era cuanta respuesta tenía.
Tal vez fuera por mi silencio que, para despertar mayor alerta, continuó hablando. Me dijo a renglón seguido que el niño que fuese sometido por un hombre así estaría abocado, inexorablemente, a ser como él… a repetir su monstruosa vida.
Al abrigo de la oscuridad oculté mi inquietud. Lo último que deseaba en el mundo era hacerme mayor para capturar niños, como yo había sido capturado.
A la búsqueda de un atisbo de esperanza rompí el silencio. Como si no fuera conmigo pregunté: “¿Qué puede hacer un chico al que le han hecho esas cosas?”.
La respuesta no fue muy prometedora, bien me acuerdo: “Lo mejor que le puede pasar es morirse”.
Menos mal que la vida no me ha brindado tal solución. Tengo cincuenta y cuatro años. Tenía entonces trece.
¡Por cierto!… hasta el momento no se ha repetido la historia.
La semana pasada escuchaba la crónica de un escándalo de pedofilia recién sacado a la luz. Como la violencia de género, parece haberse convertido en un tema recurrente en el periodismo.
Lo que me llamó la atención fue escuchar el término “corrupción de menores”. Hacía tiempo que no lo oía. Muchas veces por estar demasiado familiarizados con las denominaciones pasamos por alto su estricto sentido. Así ha tenido que transcurrir todo lo que llevo de vida para que caer en la cuenta de lo obvio.
Señalar al pederasta, véase adulto que abusa sexualmente de niños o niñas, como “corruptor de menores” es depositar el peso de la morbosidad, la putrefacción y el pecado sobre el plato inocente de la balanza. No se dice “adulto corrupto”, sino “corruptor”, señalando así que los niños con los cuales se ha satisfecho han quedado convertidos, o están abocados a convertirse, en personas corruptas.
Tras el negativo pronóstico de mi hermano y continuando con mi silencio, recibí muchos mensajes que daban por supuesta esta degradación.
“¿Soy ya un marica? y, si no lo soy todavía, ¿cuándo lo voy a ser?” –me interrogué muchas veces-.
Marica era la única palabra con que contábamos entonces para nombrar esa condición y de ella se sirvió mi mejor amigo. Fue mi primer y frustrado intento de revelación. Con pies de plomo, más bien de puntillas, empecé a relatar lo que me había pasado. Apenas había di el primer paso, se levanta de mi lado para increparme con “Oye, ¿tú no serás marica?… ¡Verdad!”. Los nueve años de silencio que siguieron no necesitan mayor explicación.
Los niños, como son ajenos al eufemismo, al guardar las formas, a los silencios de compromiso y al lenguaje políticamente correcto, nos hacen el favor de poner en evidencia el sentir colectivo.
Has sido abusado y eres varón: “¡Marica!”. Has sido abusada: “¡Puta!”. En el mundo adulto ya no se habla así, pero la misma atribución, a modo de incómoda sospecha, queda flotando en el aire. Como nadie quiere poner el cascabel al gato cubrimos el expediente de buena humanidad con un lamento difuso. “¡Pobrecita!”.
Eso cuando no sale a la luz nuestro rostro más sórdido. “También es que ella le venía provocando”.
Persiste una corriente de pensamiento subliminal, véase un sobreentendido que gravita sobre nuestro ser cultural, según el cual abusado es sinónimo de infecto.
Esa acusación subyace latente y, cuando menos te lo esperas, asoma su cabeza en las consultas psicológicas, en las cátedras, en los programas de prevención o en los informativos de la televisión.
Comenzada la audiencia judicial, es fácil que la cosmética se derrita dando paso la crueldad encarnada en sí misma.
La frase de reclamo para una película reza “Las mentiras de los adultos crían pequeños monstruos”.
Mentira adulta, sí. ¿Formo parte yo de un ejército de pequeños monstruos?.
Me llamaron de Antena 3. Hará un año. Un gran estudio, hora de alta audiencia.
Ya cuando entré ahí me di cuenta que no era el mejor de los escenarios posibles y antes de pasar a antena sabía que nadie conocía la significación del abuso y menos mis avatares dentro de él o mi experiencia profesional. Todo era una gigantesca realidad virtual.
Después de dos o tres disparates, la entrevista concluyó con una pregunta más o menos así. “¿Qué es lo que haces para ayudar a los menores que han sufrido abuso?”.
Para la lógica no tenía tiempo ni lugar. Situar mi experiencia vital era procurar un imposible. Las evasivas no son mi especialidad, así que dirigí mi artillería a la médula, directamente.
La disertación vino a ser: “Lo que hay que hacer es decir, en el día a día… aunque sea sin palabras, tú cuentas con las herramientas para construir tu dignidad. Tú puedes levantar toda una vida. Y si te hace falta en algún momento, aquí estoy yo”.
Al margen de la vena dramática que es lo que despertó los aplausos, cada vez estoy más convencido que en aquella improvisación acerté. Sí, suscribo aquellas palabras.
Mi puntería no fue debida a que me estuviera dirigiendo a toda España. En realidad lo que estaba haciendo era hablar al oído a un Enrique con doce o trece años y que habita todavía en mi condición de adulto.
Decía lo que nadie me dijo. Una voz fuera del tiempo y que sigue aplastada por hipocresías, incomprensiones e intolerancias y silencios.”
Enrique Pérez Guerra.
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