La lección de aquel niño a los sacerdotes cómplices del abuso
Jueves, 18 de Abril de 2013 por monstresdecameva
La inhabilitación en el sacerdocio de Pere Barceló, hasta hace poco párroco de Can Picafort (Mallorca), ha sido consecuente a la denuncia que pesa sobre él por pederastia. Esta resolución de la diócesis palmesana sienta precedente en España. Sin embargo, aunque sea consecuente con el actual dictado vaticano de Tolerancia Cero, una buena parte del sacerdocio, sobre todo cercano a este señor no ha dudado en salir en su defensa
Enrique Pérez Guerra a sus 57 años trabaja educador social en Fiscalía de Menores de Palma de Mallorca. Teniendo 12 doce años y cuando vivía en Zaragoza fue también víctima de abuso por un sacerdote. Esta experiencia quedó reflejada en su libro Las Tardes Escondidas. En estas líneas trata de dar respuesta a esa parte del clero.
Hay veces que la discreción tiene difícil cabida. Sobre todo porque hay quien previamente no la cultiva.
No sería de recibo delatar a un tal Juan Gamundi (diácono) por su empeño en dejar libre de toda responsabilidad al párroco de Can Picafort para lo cual no duda en dar avistamiento a un complot. O a Juan Pons (párroco de Sa Pobla) que para el mismo fin llega a comparar los últimos días de Cristo con el procedimiento judicial y eclesiástico en marcha. O a Mulet Bujosa (párroco de Capdepera) quien con su sentencia “Perdoné y sanseacabó” reduce el decálogo del buen niño abusado a mantener el silencio, cargar sobre sí toda la culpa y apuntalar la impunidad del pederasta. O al mismo Pere Fiol, actual sucesor en la parroquia, que, admitiendo que tuvo lugar la relación perversa, responsabiliza de ella a la denunciante. ¡Por provocadora! El que ella fuera entonces una niña de diez años apenas tiene importancia.
No sería de recibo delatar a estas personas, siempre y cuando ellas no se hubiesen delatado antes a sí mismas. Su proceder ya les ha puesto en evidencia.
Había perdido mi lugar en la vida. No había voz que me orientara y es que tenía miedo. Pasar inadvertido era un mandato al que no podía sustraerme. El silencio tenía que estar presente entre mi persona y el mundo, continuamente; sin tregua ni descanso.
Hundido en aquella incomunicación sólo me quedaba buscar un nuevo lugar a través del enjambre de sobreentendidos que flota en el aire. La vida elude allí las concesiones. Cuando no hay voces te agarras a lo que se supone que diría alguien que hablase.
Llegado ese momento, no se sabe hasta qué punto una infancia se puede traicionar a sí misma.
¿Por qué me llegué a infringir autolesiones, por qué lo suspendía todo en el colegio, por qué mi mirada quedaba atrapada minutos y hasta horas en cualquier punto o por qué evitaba salir de casa y dentro de ella hacía de la soledad mi refugio?
Poco os importa, ya lo sé. Si voy a responder a estas preguntas no es en la esperanza de que mi pasado sea por vosotros escuchado. Simplemente trato bajar a las catacumbas y cerrar filas con tantos como hay allí y que tienen la luz negada.
El Padre Javier, gozaba de alto aprecio entre la feligresía. Persona afable, risueña y mansa hasta el extremo. Sin embargo, en aquella celda y conmigo dentro, la realidad era otra bien distinta. Yo lo sabía. La discordancia era absoluta. Algo fallaba y, como el mundo entero no podía estar equivocado, la solución estaba clara: la culpa tenía que estar dentro de mí.
Si continuaba acudiendo era sobre todo por miedo; miedo a no satisfacerle pero lo que allí ocurría estaba yendo demasiado lejos. Yo era un ignorante y no podía precisar a qué extremo él quería llevarme. Eso no era óbice para que una señal de alerta se encendiera dentro de mí. Dejé de acudir unos días, no me acuerdo cuantos, hasta que me anuncian en casa su próxima visita.
Creí entonces que venía a delatarme. Mis padres iban a ser informados de mi perfidia e impudicia.
Yo, chico obediente como pocos, tracé el mapa para fugarme de casa. Si la fuga fracasaba, la única alternativa que mi mente adivinaba era el suicidio.
Por supuesto que su objetivo era otro distinto a la delación: recuperarme.
En ésas andaba yo; frontera entre los doce y los trece años.
Tal vez cupiese duda entonces pero con el tiempo he demostrado que necio no era.
Siendo así, ¿por qué no escuché esa voz? En aquella sociedad nada me transmitió que yo era digno de oír algo tan sencillo, tan humano y tan de común sentido como: “¿No es cierto que tú llegaste hasta él para confesarle tu vocación religiosa?¿No es cierto que lo último que hubieses esperado encontrar es lo que descubriste allí? ¿No es cierto que hiciste lo que pudiste por impedirlo? ¿No es cierto que en ningún momento te agradó?”
Ese mensaje nadie ni nada me lo transmitió. Tuve que ser yo quien lo descubriera, ya de adulto. Ahora lo encuentro, cada día envuelto en la sonrisa de quienes respiran aceptación, tolerancia y comprensión.
Jamás lo esperaré de vosotros.
Por si satisface alguna la curiosidad, todavía me llamaban Kike.
A pesar de la guerra de Oriente Medio, la transición, la caída del Muro y las Torres Gemelas, la globalización, la crisis…
A pesar del ecumenismo, la teología de la liberación, las comunidades de base, el largo pontificado de Juan Pablo II, la tolerancia cero, la llegada al trono de San Pedro de alguien que con su nombre rinde homenaje a San Francisco de Asís…
A pesar de todo eso y de cuarenta años largos por medio, el enjambre de sobreentendidos continúa presente. Igual que de niño yo lo escuchara.
Al mensaje que entonces callado me llegaba vosotros ponéis ahora palabra. La carga es para el débil y la condena para el inocente.
Valedores de la bondad de un compañero vuestro, pederasta sin cuartel, sois desde luego prueba de que no todo en este mundo cambia.
Para mayor abundamiento en la curiosidad, cabe dejar constancia que esta facilidad mía para la escritura poco tardaría en asomar sus primeros brotes. De tanto dejar hablar, no me quedaba otra que hacer del papel mi confidente.
La vocación que hasta esa relación me llevara se había alimentado de santas estampitas y los conocimientos teológicos que portaba no alcanzarían más allá de una catequesis de primera comunión. Sin embargo, tengo claro que la llama de amor cristiano alumbraba más intensa y más limpia en el corazón de Kike que en el vuestro.
Enrique Pérez Guerra
Palma de Mallorca, a 8 de abril de 2013.
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